Los incunables de La Isla: Manolo García


Hacía muchos años que quería entrevistar a Manolo García. Reconozco que sus discos en solitario apenas me pellizcan, pero todavía me emociono al escuchar «Las palabras son cansancio», «No me acostumbro», «Trabajo duro» y muchas otras. El caso es que, hace tres semanas, mi redactora-jefa de On Madrid me encargó charlar con él a propósito de su concierto en la capital. Como de costumbre, buena parte de la entrevista quedó en el limbo de lo no-publicado por cuestiones de espacio. La conversación fue distendida y creo que puede interesar a sus muchos seguidores, así que aquí la tenéis.
Te pillo en un estudio de grabación. ¿En qué estás trabajando?
No soy muy dado a las colaboraciones, los homenajes y esos líos, pero me pidieron que colaborara en un disco de tributo a Los Chichos y dije que sí. Estoy grabándolo ahora mismo.

Imagino que accediste porque Los Chichos forman parte de tu banda sonora sentimental.
De la mía y de la de mucha gente. Empecé a notar que esa música me interesaba de muy crío, con grupos como Smash y más tarde Lole y Manuel. Me compraba casetes y me gustaban mucho. Luego pasé al rock andaluz; Triana ha sido uno de mis grupos favoritos, unos inventores del mestizaje. Después de descubrir que King Crimson eran estupendos, me di cuenta que Triana incluso me gustaban más. Luego llegó la rumba catalana… un poco de todo.

La ventaja es que a Triana se les entiende mejor que a King Crimson…
Sí, así de simple es el asunto. En esa época había otros grupos paradigma de una gran creatividad, como los primeros Pink Floyd o Jethro Tull. Pero King Crimson fueron una revolución sonora para mí. Luego me di cuenta de que Triana me emocionaban más, porque les entendía. Y también a otros grupos del rock andaluz, como Medina Azahara, Gualberto o Guadalquivir. Llegas a la conclusión de que el rock anglosajón está bien, pero tampoco es para matarse. Elvis Costello mola muchísimo, Neil Young es la hostia, la Creedence también es estupenda, pero aquí había cosas que empezaron copiando a aquellos y terminaron teniendo un peso absoluto, con una idiosincrasia propia. Ahí me vencieron, y al final tenía más discos de aquí que de fuera e iba a más conciertos de grupos españoles. Después empecé a descubrir el flamenco y llegué a la conclusión de que en el trío De Lucía-McLaughlin-Di Meola, el mejor era Paco, no me jodas.

La explosión del llamado Nuevo Flamenco coincidió con el despegue de popularidad de El Último de la Fila. ¿Cómo viviste aquello?
Tuvimos un encuentro muy curioso. Fuimos a Nueva York invitados por la SGAE a unas jornadas musicales. Íbamos en el avión con Camarón y Ketama, compartiendo escenario con ellos. Teníamos un estilo propio, pero aquello lo habían descubierto grupos como Smash mucho tiempo atrás. Del Nuevo Flamenco me quedo con el primer disco de Veneno, aquel de la pastilla de chocolate en la portada, que es impagable. La juerga y el cachondeo, dicho en el buen sentido, de los discos de Pata Negra, ese humor, ese desapego y ese casticismo me parecía genial. De lo mejorcito, si no lo mejor, con permiso de Ketama y de algunos grupos mestizos de ahora.

¿Es cierto que a finales de los setenta grabaste versiones de Triana?
Sí. En aquella época era músico aficionado, trabajaba en otras cosas para ganarme la vida, pero iba haciendo mis chapucillas. Lo que caía. Y lo que caía podía ser tocar con una orquesta en bodas o grabar versiones de Miguel Ríos, Triana o la Orquesta Mondragón. En el caso que dices me llevé dos sueldos, porque canté y toqué la batería.

En aquel entonces tocabas la batería…
Sí, para mí fue una escuela importante, en la que pesqué mucha profesión, muchas horas de escenario. Ingratas por no aplaudidas, porque la gente estaba por el ligoteo, el baile y el bebercio. El grupo que tocara les importaba poco; si tocabas mal, te apedreaban; si lo hacías bien, simplemente bailaban. Eso está muy bien, porque es una escuela de humildad, de saber lo que es picar piedra. Ahora estoy grabando una versión del «Libre» de Los Chichos, pero esa canción la he tocado en aquella época muchas veces.

Ese camino ya lo tienes recorrido…
Sí, eso hace escuela. Cuando veo a gente que en un año es famosa y hace giras me parece sorprendente. Puede que esté muy bien, pero yo aprendí de otra manera. Era el que llevaba el café y barría el taller. Luego empiezas a trabajar con el oficial, y después eres oficial de segunda. Ocho, nueve años de trabajo… no un año. En la música siempre he ido ascendiendo poco a poco, escalón a escalón, nunca me he saltado dos de golpe. Eso me gusta porque me ha enseñado a valorar lo que tengo, a agradecerlo y a respetar al público incluso aunque ellos no siempre hayan respetado. Hablo de esa época de la orquesta tocando en fiestas mayores. Aprendes a templar, a ser educado, a agradecer el aplauso espontáneo.


¿Qué supuso el punk para ti?
Un punto de inflexión. Ese desparpajo después de épocas de tostón, de rock sinfónico, vino muy bien. Descubrir a The Clash, por ejemplo. Ese contenido de textos con revulsivo social te aporta cosas. Ya sabes que existe Dylan o la canción protesta, pero el punk es desparpajo absoluto, una jeta brutal, y eso tiene su parte buena: gente con mucha creatividad y nulos conocimientos técnicos saliendo a escena. Era divertido y fue un tiempo estupendo, muy aleccionador.

Has grabado «Saldremos a la lluvia» en Creta. ¿Qué has encontrado allí?
Tranquilidad. Un lugar no masificado, en la costa, a 150 metros del mar, con músicos que tocan de forma diferente. Eso me ha servido para aderezar mis canciones de pop. Han sido días de placidez, de comida sana, de sonidos diferentes. Una oportunidad de aventura, que al fin y al cabo es lo que busco en mis discos.

¿Ese entorno ha influido en el resultado?
Evidentemente. Es un viaje de ida y vuelta, un toma y daca en el que los implicados cambian su percepción. No he ido allí para hacer música griega, porque sería una impostura. Puedo disfrutar de la música griega, pero lo que he hecho es aderezar mi música, que es más occidental, hecha con guitarra eléctrica y batería. No pretendo hacer world-music ni investigar en música popular de otro país. Me puede gustar puntualmente, pero en mi coche suenan Green Day, Radiohead, Bob Dylan o Red Hot Chili Peppers.

Dices que has comido bien por allí. ¿Algún plato que te haya sorprendido en particular?
Pues el principal descubrimiento ha sido constatar que, si dejasen que cada grupo social hiciese sus alimentos, el mundo iría mejor. La gente estaría más feliz, comería más sano. Allí eran bastante autosuficientes, algo que el sistema no soporta. Los huevos de la tortilla eran de las gallinas que había allí, el pescado también lo pescaban en el pueblo. No había turismo, ni hoteles, ni supermercado, ni contaminación. El queso, exquisito, era de las cabras de una de las abuelas del pueblo, que lo vendía a los dos taberneros de allí. Si los gobiernos dejasen a la gente ser agricultora, ganadera y demás, todos comeríamos mejor. La comida industrial es una mierda.

Tus discos son la respuesta a un estímulo tan primario como «Manolo García se asoma a la ventana y toma apuntes del natural». ¿Estás de acuerdo?
Sí, absolutamente. Conforme pasan los años crece mi adoración por la naturaleza y mi desprecio hacia nuestro sistema social, que me parece un engaño y un sinvivir, tanto si tienes mucho como si no tienes nada. Es un despropósito que no haya equilibrio, que se haya apostado por una economía industrial y masificada que no permite a la gente ganarse la vida al por menor, en su terruño. Me parece un gran error que todo esté orientado al gran negocio; en esa insatisfacción hago canciones, pinto cuadros e intento hacer de mi rebeldía un poco de arte, dicho con permiso y de forma humilde y personal. Es una rebeldía pacífica que busca la belleza y el sentido de esta sociedad, que está bastante enferma.

Esa vitalismo de tus canciones contrasta con tu postura social, bastante más pesimista.
Trecet lo decía en su programa: «Busca la belleza, es lo único importante en este asqueroso mundo». El arte busca una estabilidad emocional. En la Edad de Piedra, o en la Edad Media, las condiciones de vida eran durísimas y, a pesar de los avances, siempre se ha seguido solucionando las cosas a garrotazos. Nuestro mundo de progreso tiene una parte estupenda, como los avances técnicos y médicos, pero hay problemas muy grandes. La dominación por el miedo, sin ir más lejos. Los artistas buscamos una salida anímica a esta realidad.

Pero siempre con los pies en el suelo.
Sí. Soy un escéptico participativo. No me creo nada, pero intento poner mi granito de arena para que el mundo sea un poco mejor; con mis errores y mis metidas de pata, intento ir corrigiendo el tiro según puedo.


¿Cómo te sientes en las calles de una gran ciudad como Madrid?
Me siento un poco extraño y alucinado por ser esclavo de este tipo de vida en la que hay coches, prisas, hipotecas… pero yo también estoy ahí. En Madrid o en Barcelona, que es mi ciudad. Una ciudad con el tipo de vasallaje al que nos someten, en el que tienes que pagar por todo, no provoca buenas sensaciones. La vida cultural, cuando la hay, puede tener un cierto aliciente, pero no compensa el pago que tienes que hacer a cambio.

Al final del disco, en las notas que acompañan a los logos de las ONG’s con que colaboras, da la sensación de que pides disculpas por insistir en estas preocupaciones. ¿Por qué?
Hay músicos con una sola pretensión, que me parece muy respetable, sea lúdico o concienciador. A mí el músico brasa, de entrada, no me gusta. Que Bono, Bob Geldof o Sting alerten sobre ciertas cosas me parece correcto, pero creo que el músico no debe perder su norte. No se puede estar dando la brasa todo el día sosteniendo que la verdad absoluta es la que defiendes tú. Por eso intento dejar claro en esas notas que tampoco pretendo ser pesado ni estar en posesión de la verdad. De ahí el tacto: no quiero ser pesado ni abanderado de ningún movimiento. Soy músico y busco la poesía de la vida; para lo otro soy un ciudadano más.

Pero eres consciente de tu capacidad para llegar a la fibra sensible de la gente con tus canciones, supongo. Quiero decir: a ti te escuchan; a un ciudadano anónimo como yo, no.
De acuerdo. Por eso precisamente nunca voy a lanzar mensajes de consumo, o de que compren tal coche. En cambio sí voy a insistir en los temas medioambientales. Puedo ser ateo, cristiano, budista o musulman, pero los científicos dicen verdades empíricas, y han demostrado varias cosas al respecto del medio ambiente que son muy importantes. Ahí eliges: puedes no influir en nada, puedes influir en que la gente consuma más o puedes hablar de cuestiones sociales. Me decanto por lo último porque es mi carácter y no tengo que pedir disculpas.

Tus canciones están marcadas por la vida y sus múltiples manifestaciones pero, ¿qué hay de la muerte?
Pienso en ella como todo el mundo. Esta claro que el billete es de ida, no hay retorno. Soy vitalista, amo la existencia, pero sé que biológicamente vamos a menos, que decrecemos y nos extinguimos. Punto y final. A veces hay un corte contundente, instantáneo, se acabó. Otras veces el decrecimiento es muy lento y hay gente que vive más de ochenta años. No hay nada más que decir, eso está admitido y asumido. Lo importante es que mientras gastamos ese ticket que se nos da al nacer, seamos consecuentes con nosotros mismos, estemos a gusto e intentemos dejar una estela de alegría y buenas sensaciones, siendo respetuosos con nuestro entorno, con la naturaleza y las otras gentes. Esa manera de funcionar no sólo es beneficiosa para los demás, también lo es para uno. Creo que es las escuelas hay un error muy grande: se enseña a los críos a ganar dinero, a hacer carreras, a prepararse para ser consumidores y gastar; pero no se enseña el amor y el desamor, una ética, a vivir y morir, a perder seres queridos y encontrar personas amadas…a eso no se enseña. Yo intento aprender estas cosas a mi manera y con mis maestros, asumiendo que forman parte de la vida.

Así que la muerte no te subleva.
No, me parece que esto es una cadena que debe seguir moviéndose. Creo que sería horrible vivir dos mil años, aunque me hubiese gustado conocer el Imperio Bizantino o la Antigua Grecia. Pero en esa hipotética máquina del tiempo siempre iría hacia atrás. El futuro no me interesa.

Texto: César Luquero